Terror sencillo, folclore irlandés y un Adam Scott enorme En los últimos años, el terror ha tendido a complicarse a sí mismo. Muchas películas parecen empeñadas en esconder su historia detrás de capas y capas de simbolismo, metáforas y explicaciones que, en ocasiones, terminan alejando al espectador de aquello que realmente busca cuando se sienta frente a una película de miedo: sentir inquietud. Por suerte, Hokum, la nueva propuesta del director Damian McCarthy, entiende perfectamente cuál es su objetivo y lo ejecuta con una eficacia admirable. La premisa no podría ser más simple. Un escritor viaja a una remota posada irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres y acaba envuelto en una historia de brujas, apariciones y secretos ocultos entre los muros de un viejo hotel. Sobre el papel no hay nada especialmente revolucionario. De hecho, muchos de sus elementos resultan familiares para cualquier aficionado al género. Sin embargo, ahí reside precisamente una de las mayores virtudes de la película: sabe que no necesita reinventar el terror para funcionar. Damian McCarthy construye una historia sencilla, directa y perfectamente consciente de sus limitaciones. No busca sorprender mediante giros imposibles ni pretende convertirse en una reflexión filosófica disfrazada de película de miedo. Lo que hace es mucho más complicado de lo que parece: contar una buena historia de fantasmas y hacerlo bien. Uno de los pilares fundamentales de Hokum es, sin duda, Adam Scott. Aunque muchos espectadores lo asocian principalmente a papeles más cómicos o dramáticos, aquí demuestra una vez más que posee un rango interpretativo mucho mayor de lo que algunos podrían pensar. Su personaje arrastra una carga emocional importante y Scott consigue transmitirla sin caer en el exceso melodramático. Desde el primer momento logra que conectemos con un protagonista imperfecto, marcado por sus propios demonios y obligado a enfrentarse a ellos en un entorno cada vez más hostil. Es una interpretación contenida pero tremendamente efectiva. Incluso cuando la película abraza de lleno el terror sobrenatural, Scott mantiene los pies en la tierra y aporta la credibilidad necesaria para que todo funcione. Pero si hay algo que realmente diferencia a Hokum de otras producciones similares es el uso del folclore irlandés. La película aprovecha las leyendas locales para construir una atmósfera inquietante que está presente prácticamente durante todo el metraje. No se limita a utilizar una bruja como simple monstruo de turno; detrás de ella existe toda una tradición de historias populares que enriquecen el conjunto y aportan personalidad a la propuesta. Ese sabor tan característico del terror rural irlandés impregna cada rincón del hotel, los bosques que lo rodean y las historias que cuentan sus habitantes. Es precisamente esa conexión con las leyendas locales la que convierte a Hokum en algo más que otra película de casa encantada. Hay una sensación constante de que el mal que acecha lleva siglos formando parte de ese lugar. La ambientación juega un papel fundamental en este aspecto. Los pasillos vacíos, las habitaciones antiguas, la iluminación tenue y el aislamiento del escenario generan una sensación de incomodidad permanente. La película entiende que el miedo no siempre necesita mostrarse de forma explícita. Muchas veces basta con sugerir que algo no encaja para que nuestra imaginación haga el resto. Eso no significa que Hokum renuncie a los sobresaltos. Al contrario. Aunque la atmósfera es la principal herramienta de la película, también hay espacio para varios sustos muy bien ejecutados. Lo más importante es que no parecen gratuitos ni colocados únicamente para provocar una reacción fácil en el espectador. McCarthy demuestra tener un gran control del ritmo y sabe exactamente cuándo tensar la cuerda y cuándo liberarla. Algunos de esos momentos funcionan especialmente bien porque llegan después de largos periodos de tensión acumulada. No son los típicos sustos que aparecen acompañados de un golpe de sonido sin más; detrás existe una construcción previa que hace que resulten mucho más efectivos. Quizá quienes busquen una revolución dentro del género encuentren en Hokum una propuesta demasiado clásica. Y, siendo sinceros, probablemente tengan razón. Esta no es una película que pretenda cambiar las reglas del terror moderno. Tampoco lo necesita. Su mayor fortaleza es precisamente abrazar esa sencillez y sacar el máximo partido posible a una idea aparentemente pequeña. Con una atmósfera fantástica, un uso muy inteligente del folclore irlandés, varios momentos genuinamente inquietantes y una interpretación sobresaliente de Adam Scott, Hokum se convierte en una de esas películas que recuerdan por qué las historias de fantasmas siguen funcionando después de tantos años. No reinventa el género, pero tampoco hace falta. Cuando una película sabe exactamente qué quiere ser y ejecuta tan bien sus cartas, el resultado acaba siendo tan satisfactorio como aterrador. Navegación de entradas Crítica de Los SUPERfrikis Nuevo trailer de Supergil, y pinta espectacular