Durante años, hablar de una película de Resident Evil significaba asumir que probablemente íbamos a encontrarnos con una adaptación que utilizaba el nombre de la saga y algunos de sus elementos más reconocibles, pero que poco tenía que ver con la experiencia que los jugadores habían vivido frente a una consola. Con la nueva película dirigida por Zach Cregger, sin embargo, la situación cambia por completo. No estamos ante una adaptación que intente trasladar literalmente uno de los videojuegos a la gran pantalla, ni tampoco ante una película que utilice la licencia como simple reclamo comercial, sino ante una propuesta que entiende perfectamente qué sensaciones han convertido a Resident Evil en una de las franquicias más importantes del terror. Y eso se nota prácticamente desde el primer minuto.

Uno de los grandes aciertos de la película es precisamente su capacidad para hacer que el espectador sienta que está dentro de un videojuego, aunque la historia sea completamente nueva. La estructura, la sensación de avanzar de un problema a otro, la escasez de recursos, los encuentros con criaturas y la constante sensación de que cualquier situación puede complicarse forman un conjunto que recuerda muchísimo a lo que experimentamos jugando a la saga. Zach Cregger no necesita poner a Leon Kennedy, Jill Valentine o Claire Redfield en pantalla para demostrar que conoce Resident Evil, porque su manera de construir las situaciones demuestra que ha entendido la esencia de los juegos. La película funciona como una especie de partida de survival horror trasladada al cine, y esa es probablemente su mayor virtud.

Además, Austin Abrams está espectacular como protagonista. Bryan es un personaje con el que resulta muy sencillo empatizar desde el principio y Abrams consigue cargar prácticamente con toda la película sobre sus hombros. Su interpretación funciona especialmente bien porque consigue moverse entre diferentes registros sin que ninguno de ellos resulte artificial: hay momentos de tensión, situaciones bastante violentas, humor y escenas en las que el personaje simplemente intenta sobrevivir a algo que cada vez se le va más de las manos. El actor consigue transmitir perfectamente esa sensación de estar completamente superado por los acontecimientos, y eso hace que el espectador termine involucrándose mucho más de lo que podría parecer inicialmente. No es casualidad que varias críticas hayan destacado precisamente su trabajo y su capacidad para aportar humor sin romper la tensión.

Otro apartado que merece una mención especial son los efectos prácticos y el diseño de las criaturas. En una época en la que muchas producciones de terror dependen cada vez más de efectos digitales, Resident Evil apuesta por un trabajo físico que consigue que los monstruos tengan una presencia mucho más contundente. Hay algo especialmente satisfactorio en ver criaturas que parecen existir realmente delante de la cámara, con texturas, cuerpos y transformaciones que transmiten una sensación mucho más desagradable y tangible. La película no tiene miedo de enseñar su lado más grotesco y visceral, y Cregger aprovecha esa libertad para construir algunos momentos realmente salvajes. El resultado encaja perfectamente con ese horror corporal tan característico de su filmografía.

Pero si hay algo que probablemente hará sonreír a los seguidores de la saga son las referencias a los videojuegos. Resident Evil está llena de pequeños detalles, diseños, situaciones y elementos que demuestran que detrás de esta producción hay un conocimiento evidente del material original. Lo interesante es que Cregger no convierte estas referencias en una colección de cameos gratuitos ni en una sucesión de guiños colocados únicamente para que el público diga «mira, eso es de Resident Evil». Forman parte del propio lenguaje de la película y ayudan a construir ese vínculo con los juegos. Incluso cuando la historia toma su propio camino, la película mantiene constantemente esa conexión con el universo de Capcom.

También funciona especialmente bien la atmósfera, uno de los elementos que considero fundamentales para que una película de Resident Evil consiga convencer. La iluminación, los espacios oscuros, los momentos en los que apenas podemos distinguir qué se esconde delante del protagonista y la utilización de la oscuridad consiguen generar una tensión constante. Cregger entiende que el terror no consiste únicamente en enseñar al monstruo, sino también en conseguir que el espectador imagine qué puede estar escondido detrás de una puerta o al otro lado de un pasillo. La película juega muy bien con esa incertidumbre y consigue combinar terror, acción y humor sin que ninguno de estos elementos termine anulando a los demás.

Y precisamente esa mezcla es otra de las grandes sorpresas. Resident Evil sabe ser una película de terror, pero también sabe divertirse. Hay momentos bastante macabros que conviven con situaciones que provocan una sonrisa, y el equilibrio funciona mucho mejor de lo que cabría esperar. La duración, además, ayuda muchísimo a mantener el ritmo, porque estamos ante una película que prácticamente no pierde el tiempo y que apuesta por llevar al protagonista de una situación complicada a otra todavía peor. Con apenas hora y media de duración, Cregger consigue construir una experiencia muy directa y con muy poco espacio para el aburrimiento.

Si tenemos que encontrar un problema importante, personalmente lo encontramos en el tramo final. Después de una película que mantiene un nivel altísimo durante prácticamente todo su recorrido, el desenlace no termina de convencerme de la misma manera. No es que arruine todo lo anterior, ni mucho menos, pero considero que el cierre podría haber estado a la altura de todo lo que hemos visto previamente. De hecho, incluso algunas críticas han señalado que las escenas finales resultan algo menos contundentes que el resto de la película. Es una pequeña decepción precisamente porque durante buena parte del metraje la película consigue hacer prácticamente todo lo que se propone.

Aun así, resulta difícil quedarse demasiado tiempo con ese pequeño tropiezo cuando todo lo que hay alrededor funciona tan bien. Resident Evil es una película que entiende los videojuegos sin necesidad de copiarlos, que respeta a los aficionados sin convertirse en un producto hecho exclusivamente para ellos y que consigue funcionar también como una película de terror por derecho propio. Zach Cregger ha encontrado una manera muy inteligente de utilizar una franquicia tan conocida para contar su propia historia y, al mismo tiempo, recuperar muchas de las sensaciones que hicieron que los primeros Resident Evil fueran tan especiales.

Después de tantas adaptaciones que parecían no saber muy bien qué hacer con la licencia, esta nueva Resident Evil supone un soplo de aire fresco y demuestra que sí es posible llevar el espíritu de un videojuego al cine sin limitarse a reproducir sus escenas más conocidas. Puede que el final no me haya convencido del todo, pero el resto de la película es exactamente el tipo de adaptación que llevaba años esperando de esta saga: violenta, divertida, terrorífica, llena de referencias y, sobre todo, tremendamente entretenida.

Lo mejor: Austin Abrams, los efectos prácticos, el diseño de las criaturas, la atmósfera y la cantidad de referencias a los videojuegos

Lo peor: El tramo final no está al mismo nivel que el resto de la película

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